Ibn al-ʿArīf, el hijo del sereno

Su padre vigilaba las noches de Tánger. Él aprendió de niño el oficio de sastre, llegó a ser el maestro sufí más célebre de Almería y murió en Marrakech después de que su fama llegara a oídos del sultán. Esta es la vida de Ibn al-ʿArīf.

El hijo del sereno

Abū l-ʿAbbās Aḥmad ibn al-ʿArīf (ابن العريف) nació en Almería en el año 481 de la hégira, 1088 de la era cristiana. Su nombre esconde un oficio. Su padre, Muḥammad ibn Mūsà, había sido en Tánger jefe de la guardia nocturna, y a ese cargo se le llamaba ʿarīf (عريف). Ibn al-ʿArīf significa, por tanto, algo así como «el hijo del jefe de los serenos».

La familia había cruzado el Estrecho un año antes de su nacimiento, y el padre entró al servicio de la dinastía que gobernaba Almería, la de los sumadíes. Cuando aquel reino cayó, los tiempos se volvieron difíciles, y el muchacho fue puesto a aprender el oficio de sastre.

De la aguja a los libros

La aguja no le retuvo mucho tiempo. Estudió las lecturas del Corán, el hadiz, el derecho y la lengua árabe con varios maestros, y se ganó fama de sabio mucho antes que de místico. Su camino interior vino después, y según el historiador al-Ḏahabī recibió el hábito sufí de manos de Abū Bakr ibn Buryāl.

Con los años, Almería se convirtió en un lugar al que venir a escucharle. Su discípulo más célebre en el saber fue el historiador Ibn Baškuwāl (ابن بشكوال). En la vía sufí destaca Abū ʿAbd Allāh al-Gazzāl, por quien pasa uno de los hilos que unen a Ibn al-ʿArīf con Ibn ʿArabī (ابن عربي).

Lo que escribió

Su libro más conocido es Maḥāsin al-maŷālis (محاسن المجالس), «Las bellezas de las sesiones», un breve tratado sobre el camino espiritual. Lo editó Miguel Asín Palacios en 1933, y hoy disponemos de una edición nueva, basada en el manuscrito más antiguo.

También se conserva Miftāḥ al-saʿāda (مفتاح السعادة), «La llave de la felicidad», que reúne oraciones y unas ciento cincuenta cartas. Junto a ellas quedan algunos poemas, entre ellos una casida en alabanza del Profeta.

Pudo haber mucho más. Al-Ḏahabī cuenta que, durante el viaje a Marrakech, echó sus primeros escritos al mar.

El viaje a Marrakech

Tanta fama no gustó a todos. Según las fuentes, el cadí de Almería, Ibn al-Aswad, se quejó al sultán almorávide ʿAlī ibn Yūsuf, y otros sabios de la ciudad le dieron la razón. El sultán ordenó llevarlo a Marrakech. No fue el único: también llamó a Ibn Barraŷān (ابن برجان), el gran maestro de Sevilla, y a un tercer sufí, al-Mayūrqī.

El final de Ibn al-ʿArīf se cuenta de varias maneras. Unos dicen que quedó libre y que iba a marcharse cuando lo envenenaron, por orden del propio cadí. Otros le hacen morir por el camino. Lo que parece seguro es que fue enterrado en Marrakech a finales de septiembre de 1141, y se cuenta que el mismo sultán acudió al entierro.

Una tumba en Marrakech

Ibn Barraŷān, que murió poco después, fue enterrado a su lado. Aquella tumba se convirtió en lugar de visita: al-Maqqarī (المقري) la describió como santuario a comienzos del siglo XVII, y se reconstruyó en 1869.

Es una curiosa vuelta de la historia. El hijo del sereno de Tánger, nacido en Almería, descansa en la ciudad del sultán que lo mandó llamar. Su doctrina merece capítulo aparte, y por eso en investigaciony.studio le dedicamos un estudio propio.

Para saber más

Deja un comentario